Escribo un libro en co-producción con I.A. y después lo leo. Hago canciones con SUNO y las escucho manejando el auto por la ruta. Saco fotos y en un momento del fin de semana me ocupo de apreciarlas. Programo una aplicación con Claude Code, la subo a mi servidor, y soy el único que la abre cada mañana. Durante meses me pareció que eso era una falla que tenía que justificar. Hoy pienso exactamente lo contrario.
La cultura tiene un nombre para esto y no es generoso: audiencia de uno. Producir algo terminado, publicable, y que no lo consuma nadie más que vos. En la lógica de las plataformas eso es un cero. Cero reproducciones, cero vistas, cero descargas. El veredicto parece claro: si nadie lo usa, fracasó. Quiero impugnar ese veredicto, porque está midiendo la cosa equivocada.
Empiezo por un dato sobre mí que ordena todo lo demás: esto no lo trajo la inteligencia artificial. Volé Flight Simulator desde sus primeras versiones. Despegué miles de veces hacia aeropuertos donde no me esperaba ningún pasajero, hice aproximaciones que nadie calificó, aterricé en pistas vacías y apagué motores en una cabina que solo yo veía. Toda la recompensa estuvo siempre en el acto de volar. A nadie en su sano juicio se le ocurre preguntarle a un piloto de simulador cuánta gente vio su aterrizaje. El aterrizaje era el punto.
Y antes que eso, mucho antes, fui un chico que compraba fascículos enciclopédicos y los encuadernaba prolijamente cada fin de año. Armaba tomos que nadie más iba a abrir. No los hacía para mostrarlos. Los hacía porque el acto de juntarlos, ordenarlos y tenerlos terminados ya me daba algo completo. Tuvo que pasar medio siglo para que entendiera que ese chico y el que programa aplicaciones para su propio uso son la misma persona haciendo lo mismo.
Entonces, ¿qué cambió la IA? La fricción. Nada más, y nada menos. Antes, entre el impulso de hacer y la cosa hecha había un desierto: aprender a producir música llevaba años, escribir y maquetar un libro llevaba meses, programar una aplicación entera era impensable para una persona sola. Esa fricción funcionaba como filtro, pero también como represa. La IA no me dio el deseo de hacer; ese lo tuve siempre. Me sacó la represa. Y cuando sacás la represa, el caudal que ya estaba ahí corre a toda velocidad. Por eso produzco tanto: no porque la herramienta me empuje, sino porque por fin nada me frena.
Csíkszentmihályi tiene una palabra para esta clase de actividad: autotélica. Del griego auto (en sí mismo) y telos (fin). Una acción cuya recompensa está en hacerla, no en lo que produce hacia afuera. Es el estado de flow, ese en el que el tiempo desaparece porque la atención está completamente adentro de la tarea. Cuando escribo no estoy esperando la reacción de nadie; estoy adentro de la frase. Cuando programo, el placer no está en el futuro hipotético de un usuario que llegue, está en el problema que tengo enfrente ahora y en verlo resolverse. El resultado externo es, en el mejor de los casos, un subproducto. A veces ni siquiera eso.
Richard Sennett lo dice de otra manera en El artesano: el oficio es el deseo de hacer un trabajo bien por el simple hecho de hacerlo bien. No por el reconocimiento, no por el mercado, no por la métrica. Por la cosa misma. El carpintero que lustra una superficie que va a quedar oculta dentro del mueble la lustra igual de bien, y no por tonto: porque su criterio se lo exige a él, no a un público. Yo lustro del lado que no se ve todo el tiempo. Lo que hago me lo exijo yo.
Acá conviene separar mi caso de una figura con la que es fácil confundirlo: el artista de cajón. Dickinson escribió casi mil ochocientos poemas y publicó menos de una docena. Kafka pidió que quemaran todo. Es tentador meterme en esa bolsa, pero no es lo mismo, y la diferencia es el centro de todo lo que estoy tratando de decir. Ellos guardaban sin usar. Acumulaban obra en un cajón a la espera, consciente o no, de un rescate futuro: alguien que abriera el cajón, alguien que finalmente leyera. Yo también guardo (guardo todo), pero uso todo lo que guardo, y la diferencia está justo ahí. La aplicación que programé la abro hoy y me resuelve algo hoy. La música que hice suena en mi auto esta semana. El libro que escribí lo releo. Mi archivo no es un depósito de cosas en pausa: es materia viva que entra y sale de mi vida todo el tiempo. No hay cajón, no hay espera, no hay rescate pendiente: hay circulación. Y esa es la prueba de que la recompensa estuvo siempre en el acto y en el uso, y no en una recepción que nunca fue la meta.
Las fotos son donde esto se ve más nítido, porque es donde la presión de la mirada ajena aprieta más fuerte. Saco cientos en cada viaje y en cada encuentro familiar, y casi todas terminan en mi Google Photos y en ningún otro lado; muy pocas van a las redes o a un grupo de WhatsApp. Hoy lo normal es lo contrario: se saca la foto para el feed, la imagen vale por ser vista, y el momento se vive a medias porque una parte de uno ya lo está editando para mostrarlo. Yo saco la foto para mí, como recuerdo. El destinatario soy yo dentro de unos años, abriendo el álbum.
Esas fotos, y todo lo demás, las resguardo con cuerpo y alma: nube y discos en casa, redundante hasta la obsesión. Jamás perdí una foto ni un contacto en toda mi vida. Pero conservo para volver, no para depositar: el archivo no es un museo cerrado, es una memoria a la que regreso una y otra vez. Y nadie respalda por triplicado lo que considera sin valor. Ese cuidado terco es, en sí mismo, una manera de decir que esto importa, y que me importa a mí, no por cuánta gente lo mire.
Sé que esto puede sonar incómodo viniendo de alguien que escribe sobre la atrofia cognitiva y la deshumanización del hacer por delegar todo en la IA. Pero no hay contradicción, hay una distinción fina. El peligro del que escribo es delegar el pensamiento: dejar que la máquina decida por uno, elija por uno, piense por uno, hasta que el músculo propio se afloja. Eso no es lo que pasa acá. Al contrario: con NotebookLM me armo podcasts, presentaciones e infografías a partir del material que necesito estudiar, solo para mí, para entenderlo mejor, nunca para compartir. Hacer eso es lo opuesto a delegar el pensamiento: es fabricarme instrumentos a medida para pensar más, no menos. Acá yo elijo qué hacer, decido cómo tiene que quedar, juzgo el resultado y soy el que lo consume con un criterio que es mío. La IA ejecuta más rápido; el deseo, el gusto y el juicio siguen siendo irreductiblemente míos. Lo que se automatizó es la mano, no la cabeza ni las ganas.
Así que no, no estoy esperando a nadie. No subo las cosas para que lleguen; las subo porque tener mi obra ordenada y a mano en mi propio servidor también es parte del placer de hacerla, igual que encuadernar los fascículos. Si alguien aparece, bienvenido. Pero el circuito ya está cerrado sin él. Hago y leo, hago y escucho, hago y miro, hago y uso. El que produce y el que disfruta son la misma persona, y esa coincidencia no es una carencia que me falte completar. Es la forma más entera que conozco de estar en algo. El acto, siempre, fue la recompensa.
Y sin embargo, acá estoy, publicando esto en mi blog y en LinkedIn para que lo leas, justamente para que la reflexión circule. Después de un artículo entero sosteniendo que hago para mí, ¿no es una contradicción flagrante? Lo pensé, y creo que no, por una razón que vale la pena dejar dicha. Una canción, un libro, una foto son objetos que se completan en mí: el valor está en hacerlos y en usarlos, y que lleguen o no a otro no les cambia nada. Una idea es de otra naturaleza. No existe del todo hasta que alguien la piensa, y se vuelve más real cuanto en más cabezas entra. Una sinfonía puede estar completa sonando una sola vez para su autor; un argumento, no: un argumento que nadie discute es apenas una nota privada. Por eso este texto sí lo comparto. No es traición al principio: es que nunca fue uno de esos objetos autotélicos. Es otra cosa.
Pero hay algo todavía más fino, y es lo que de verdad disuelve la paradoja. Lo que el artículo niega no es que me lean: es necesitar que me lean para que lo que hago haya valido la pena. Compartir una idea porque puede servirle a alguien es generosidad; depender de la respuesta para sentir que el acto tuvo sentido es otra cosa, y esa la dejé atrás hace tiempo. Subo esto a LinkedIn como una oferta, no como un pedido. Y fijate que esa diferencia es, exactamente, la prueba de todo lo anterior: si la reflexión es cierta, puedo publicarla sin que me tiemble el pulso mirando las métricas, porque dejé de depender de ellas. El que se contradiría es el que sube el artículo y después refresca las estadísticas con el estómago apretado. Yo lo subo y lo suelto. Si circula, me alegra; si no lo lee nadie, ya tengo lo que vine a buscar: lo pensé hasta el final y lo escribí. Y eso ya pasó, conmigo, antes de que lo leyeras.
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