Diego F. Craig

Artículo

Soy mi propia audiencia

Escribo un libro con IA y después lo leo. Hago canciones con IA y las escucho manejando por la ruta. Programo una aplicación con Claude Code, la subo a mi servidor, sólo para mi. Desarrollo juegos y después los juego. Y buena parte de eso lo guardo con contraseña, para que nadie más pueda acceder.

Son mis canciones, mis textos, mis juegos, mis fotos, mis aplicaciones.

No todo, claro: hay cosas que hago para compartir. Pero una parte importante nace deliberadamente para un único destinatario: yo.

La cultura digital tiene un nombre poco generoso para esto: audiencia de uno. Producir algo terminado, incluso publicable, que no consume nadie más que vos. En la lógica de las plataformas eso es un cero: cero vistas, cero descargas. El veredicto parece claro: si nadie lo usa, fracasó.

Quiero impugnar ese veredicto, porque mide la cosa equivocada.

Empiezo por un dato que ordena todo: esto no lo trajo la IA. Volé Flight Simulator desde sus primeras versiones, despegué miles de veces hacia aeropuertos donde no me esperaba nadie y aterricé en pistas vacías. A nadie se le ocurre preguntarle a un piloto de simulador cuánta gente vio su aterrizaje. El aterrizaje era el punto.

Entonces, ¿qué cambió la IA? La fricción. Nada más, y nada menos.

Antes, entre el impulso de hacer y la cosa hecha había un desierto: la música llevaba años; un libro, meses; una aplicación completa era, sin conocimientos técnicos, una empresa enorme. Esa fricción funcionaba como represa. La IA no me dio el deseo de hacer; ese lo tuve siempre. Me sacó la represa, y el caudal que ya estaba ahí empezó a correr.

Hay una palabra para esto: autotélica. Una acción cuya recompensa está en hacerla, no en lo que produce hacia afuera. Cuando escribo, estoy adentro de la frase. Cuando programo, el placer está en el problema que tengo enfrente, no en un usuario hipotético que quizá llegue algún día. El resultado externo es, en el mejor de los casos, un subproducto.

Podría confundírseme con el artista de cajón, pero no es lo mismo. Yo también guardo todo. La diferencia es que además lo uso. La aplicación la abro hoy y me resuelve algo hoy; el juego lo juego yo; la música suena en mi auto esta semana. No hay cajón ni rescate pendiente: hay circulación, aunque muchas veces ocurra dentro de un circuito privado.

Sé que esto puede sonar incómodo viniendo de alguien que escribe sobre la atrofia cognitiva por delegar todo en la IA. Pero el peligro del que escribo es delegar el pensamiento, y esto es lo opuesto: yo elijo qué hacer, juzgo el resultado, lo corrijo, lo rechazo. La IA ejecuta más rápido; el deseo, el criterio y el juicio siguen siendo míos. Se automatizó parte de la mano, no la cabeza ni las ganas.

Y sin embargo, acá estoy publicando esto para que lo leas. ¿No es una contradicción? Creo que no. Una canción o una foto pueden completarse en mí. Una idea es de otra naturaleza: se vuelve más real cuando entra en otras cabezas y provoca una pregunta. Por eso este texto sí lo comparto.

Pero lo que el artículo niega no es que me lean. Es necesitar que me lean para que lo que hago haya valido la pena. Subo esto como una oferta, no como un pedido. El que se contradiría es el que sube el artículo y después refresca las estadísticas con el estómago apretado. Yo lo subo y lo suelto.

Si circula, me alegra. Si no lo lee nadie, ya tengo lo que vine a buscar: lo pensé hasta el final y lo escribí.

Y eso ya pasó, conmigo, antes de que lo leyeras.