La persona antes que el algoritmo
El hilo que une las noticias de hoy es una pregunta sobre el poder. El papa León XIV, en Uruguay, pidió poner “la persona antes que el algoritmo” y advirtió sobre la deshumanización que puede traer la inteligencia artificial. El mismo fin de semana, Google les avisó a las escuelas de Estados Unidos que, si limitan la IA, pueden quedarse sin su buscador. Son dos ideas opuestas de la tecnología en el aula: una que subordina la herramienta al alumno y otra que subordina la escuela a la herramienta.
Y el dinero empuja en una sola dirección. OpenAI cerró US$ 11.000 millones de financiamiento y Anthropic discute una valuación de más de un billón de dólares, aun con pérdidas y con temores de burbuja en los mercados. Esa escala explica la prisa por crecer: convertir centrales telefónicas en centros de datos, vender certificaciones, entrar en las aulas. Como denuncia un informe citado esta semana, muchas veces el ofrecimiento llega primero a las escuelas con menos recursos, donde es más difícil decir que no.
Frente a eso, la respuesta no es prohibir sino formar. La Unión Europea prepara un certificado de “alfabetización en IA” para que los chicos entiendan cómo funciona, verifiquen lo que les dice y sepan cuándo apagarla; en Mendoza, miles de estudiantes secundarios se capacitan como “operadores” de estas herramientas. El desafío que marcó el papa es también pedagógico: enseñar a preguntar, no solo a responder, para que la próxima generación use la IA sin dejar que la IA la use a ella.